Verdadera naturaleza del ayuno
San Juan Crisóstomo, extracto de la homilía del 7 de marzo de 387

Esto he dicho, no para que menospreciemos el ayuno, sino para que lo honremos, porque el honor del ayuno no está en abstenerse de manjares, sino en la fuga de pecados. De tal modo que quien defina el ayuno sólo por la abstinencia de los manjares, éste grandemente lo vitupera. ¿Ayunas? Muéstramelo con las mismas obras. ¿Cuáles obras?, preguntas. Si vieres a un pobre, compadécete; si te encuentras un enemigo, reconcíliate; si encontrares con una belleza de mujer, pasa sin darle importancia.
No ayune sólo la boca, sino también los ojos, los oídos, los pies, las manos, y todos los miembros de nuestro cuerpo ayunen.
Ayunen las manos, limpias de rapiña y de avaricia; ayunen los pies, prohibiéndose el acudir a espectáculos ilícitos; ayunen los ojos, aprendiendo a no abalanzarse con brillantes miradas y a no mirar curiosamente ajenas hermosuras. Que el pasto de los ojos es la mirada, y como sea ilícita y prohibida, daña al ayuno y trastorna toda la salud del alma; pero si es legítima y permitida, adorna el ayuno. Sería una cosa muy absurda, al tomar alimento, abstenerse hasta de los manjares permitidos, por el ayuno, y usando los ojos hasta tocar lo prohibido. ¿No comes carnes? No tomes tampoco lascivia por los ojos.
Ayune también el oído, y el ayuno de los oídos está en no escuchar detracciones y calumnias. Porque dice: "No des oído a calumniadores" (Éxodo 23, 1).
Ayune asimismo la boca de palabras torpes y de injurias. Porque, ¿qué utilidad hay en que nos abstengamos de comer aves y peces, si empero mordemos y comemos a los hermanos? El murmurador come las carnes de los hermanos, muerde la carne del prójimo, y por esto Pablo aterrorizó cuando decía: "Que si unos a otros os mordéis y roéis, mirad no os destruyáis los unos a los otros" (Gálatas 5, 15).
No clavaste los dientes en la carne, sino en el alma con la maledicencia, clavaste la ímproba sospecha, heriste, causando males sin cuento, a ti, a él y a muchos otros, porque al calumniar al prójimo empeoraste al oyente, puesto que, o es pecador, y entonces se hace más desidioso, por haber otro participante del pecado, o es justo, y se siente levantado hasta la arrogancia, y se infla con el pecado ajeno, y se persuade a engreírse con soberbia.
Además has lesionado todo el estado (comunidad) de la Iglesia, pues no todos los que oyen acusan sólo al pecador, sino que las ofensas se aplican a todo el linaje de los cristianos, y no oirás a los infieles que dicen: aquél es un fornicario, un disoluto, sino que por aquel que pecó, todos los cristianos son atacados con injurias
Además hiciste que la gloria de Dios sea blasfemada, porque así como viviendo nosotros dignamente, el nombre de Dios es glorificado, así pecando, es blasfemado e injuriado.
Lo cuarto, avergonzaste malamente al que oía, y así le hiciste más desvergonzado, haciéndole contrario y enemigo. Lo quinto, te hiciste reo de pena y castigo metiéndote en negocios que no te corresponden. Murmuro entonces cuando digo falsedad; pero no si digo la verdad. Pues aun cuando dices la verdad, también entonces hay crimen, puesto que aquel fariseo con verdad habló mal del publicano (Lucas 18, 11); pero con todo, de nada le sirvió. Dime, ¿acaso no era publicano y pecador? Para cualquiera es cierto que era publicano, mas porque lo vituperó el fariseo, salió perdonado de todo.
¿Quieres corregir a un hermano? Llora, ruega a Dios, tomándole aparte amonéstale, aconséjale, exhórtale; también Pablo lo hacía así: dice: "Y no sea que cuando yo vaya me humille de nuevo Dios entre vosotros; y tenga que llorar (castigando) a muchos de los que antes pecaron, y (todavía) no han hecho penitencia de la impureza, y fornicación, y deshonestidad en que han vivido" (2 Corintios 12, 21).
Declara tu caridad para con el pecador: persuádele que para cuidarle y curarle, no participando, le amonestas del pecado: abraza sus pies, bésalos, no te avergüences, si de veras quieres sanarle pronto.
San Juan Crisóstomo, Homilías sobre las estatuas, III. 4-5. | Pronunciada el Domingo de Quincuagésima, día 7 de marzo de 387.


