¿Qué es el “modernismo”? ¿Es lo mismo que “progresismo”?
Vamos a dejar que la IA, los documentos pontificios y la razón humana nos ayuden a resolver este misterio.
En los debates católicos actuales es frecuente escuchar la palabra “modernismo” usada como acusación o como etiqueta de sospecha. Más aún, después de las “consagraciones episcopales” ocurridas en Écône por la FSSPX del 2 de julio de 2026. Sin embargo, el término tiene una historia precisa dentro de la Iglesia que, fuera de ella, puede tener una comprensión diversa.


Antes de que San Pío X definiera formalmente el modernismo en 1907, la Iglesia ya venía lidiando con el problema de fondo bajo otros nombres. Pío IX, en el Syllabus errorum (1864), había condenado el racionalismo, el liberalismo y la pretensión de reconciliar sin más al catolicismo con la “civilización moderna”. León XIII, en 1899, censuró el llamado “americanismo”, una tendencia a adaptar la doctrina y la disciplina eclesial a la mentalidad democrática moderna. Y ya antes de Pascendi, la prensa católica europea usaba de manera informal la palabra “modernistas” para señalar a exégetas e historiadores —como Alfred Loisy o George Tyrrell— que aplicaban la crítica histórica moderna a la Biblia y a los orígenes del cristianismo. Lo que hace Pío X en 1907 no es, entonces, inventar el problema, sino sistematizarlo y convertirlo en una categoría doctrinal precisa y oficial, tal como se expone a continuación.
1. El modernismo según San Pío X y sus sucesores
El uso técnico y magisterial del término nace con el pontificado de San Pío X (1903-1914), que lo definió y condenó formalmente en dos documentos clave:
El decreto Lamentabili Sane (1907), que enumeró 65 proposiciones condenadas, tomadas principalmente de la exégesis bíblica racionalista y de ciertas corrientes filosóficas.
La encíclica Pascendi Dominici Gregis (1907), que ofrece la exposición sistemática más completa. Ahí Pío X llamó al modernismo “la síntesis de todas las herejías”, porque, a su juicio, no era un error puntual sino un sistema filosófico completo que corroía desde dentro los fundamentos de la fe.
Según esta descripción, el modernismo combinaba varios elementos filosóficos:
Agnosticismo: la razón humana no puede alcanzar a Dios ni las verdades sobrenaturales; lo divino solo se accede por el sentimiento religioso.
Inmanentismo vital: la religión brota de una necesidad interior del sujeto (un “sentimiento religioso” inmanente), no de una revelación objetiva que viene de fuera del hombre.
Evolucionismo dogmático: los dogmas y las fórmulas de fe no son verdades fijas, sino expresiones históricas y cambiantes de una experiencia religiosa que evoluciona con el tiempo y la cultura.
Crítica histórico-bíblica racionalista, aplicada a las Escrituras y a la figura de Cristo de un modo que, según Pío X, disolvía su historicidad y divinidad.
Como medida disciplinar, en 1910 se instituyó el Juramento Antimodernista, obligatorio para clérigos, profesores de seminario y ciertos oficios eclesiásticos hasta 1967.
Los sucesores de Pío X mantuvieron la vigilancia sobre estas tesis, aunque con matices:
Pío XI y Pío XII continuaron alertando sobre posiciones que consideraban emparentadas con el modernismo, sobre todo en la encíclica Humani Generis (1950) de Pío XII, dirigida contra ciertas corrientes de la llamada “nueva teología” (nouvelle théologie).
Tras el Concilio Vaticano II, el término “modernismo” en sentido técnico-doctrinal cae en desuso oficial, aunque sectores tradicionalistas lo siguen empleando para describir lo que perciben como una continuidad de aquellas tesis condenadas por Pío X, ahora bajo nuevas formas.
En síntesis: el modernismo, en su acepción eclesiástica clásica, es una categoría doctrinal y filosófica precisa, acuñada para nombrar un conjunto específico de errores sobre la relación entre razón, revelación y dogma.
2. El modernismo fuera del contexto eclesial
Fuera de la Iglesia, “modernismo” designa algo completamente distinto: un fenómeno cultural, artístico y filosófico de finales del siglo XIX y comienzos del XX, sin relación directa con la controversia teológica.
Incluye, entre otras cosas:
Movimientos artísticos y arquitectónicos (el Art Nouveau, llamado “modernismo” en España y Cataluña, con figuras como Gaudí).
Corrientes literarias, como el modernismo hispanoamericano de Rubén Darío, centrado en la renovación estética del lenguaje poético.
En un sentido filosófico más amplio, la palabra puede referirse a la actitud cultural de ruptura con la tradición que caracterizó a la modernidad y a las vanguardias: la fe en el progreso, la autonomía del sujeto, la experimentación formal.
Es importante notar que este “modernismo” cultural y el “modernismo” condenado por Pío X comparten la raíz histórica (la crisis de la modernidad frente a la tradición), pero son objetos de estudio distintos: uno pertenece a la historia del arte y la literatura, el otro a la teología dogmática.
3. El uso actual del término dentro de la Iglesia
Hoy, dentro de los debates católicos, “modernismo” ya casi no se usa como categoría doctrinal técnica y catalogada (como en 1907), sino como una etiqueta empleada algunos sectores más tradicionalistas para señalar posturas teológicas, pastorales o litúrgicas que se consideran continuadoras de los errores condenados por Pascendi: relativización del dogma, subjetivismo religioso, adaptación de la doctrina a la sensibilidad contemporánea, etc.
Este uso es más laxo que el original: mientras Pascendi describía un sistema filosófico concreto y articulado, hoy el término suele aplicarse de manera más amplia e informal a posiciones o autores que, a juicio de quien los critica, comparten “el espíritu” de aquellas tesis, aunque no sostengan explícitamente el sistema completo descrito por Pío X.
4. ¿Es lo mismo que “progresismo católico”?
Aquí conviene distinguir con cuidado, porque son categorías de naturaleza distinta:
Quienes sostienen que “progresismo” es un término impropio o “mundano” dentro del lenguaje eclesial argumentan, en síntesis:
Que “progresismo” y “conservadurismo” son categorías importadas del léxico político moderno (la dialéctica izquierda-derecha nacida en contextos parlamentarios seculares), y que aplicarlas sin más a la vida de la Iglesia distorsiona la naturaleza de las cuestiones en juego, que no son de opinión política sino de fidelidad doctrinal.
Que la Iglesia no se organiza en torno a la categoría de “progreso” como valor autónomo (a diferencia de la ideología moderna del progreso), sino en torno a la fidelidad al depósito de la fe y su desarrollo homogéneo (lo que Vicente de Lerins llamaba eodem sensu eademque sententia: “en el mismo sentido y con el mismo juicio”).
Que, por tanto, usar “progresismo” para describir una postura teológica sustituye una pregunta propiamente eclesial (¿es esto fiel a la Revelación y a la Tradición, o no?) por una pregunta de tipo político (¿es esto de izquierda o de derecha, avanzado o atrasado?), lo cual —según esta posición— es una categoría ajena a la gramática propia de la teología católica y termina siendo, en el fondo, una forma más laxa e imprecisa de referirse a lo que Pascendi ya había definido con rigor como modernismo.
5. Una precisión necesaria: no es una lectura unánime
Conviene señalar que esta forma de ver las cosas —que “progresismo católico” es una categoría mundana que debería disolverse en la categoría teológica de “modernismo”— es sostenida sobre todo por sectores tradicionalistas y algunos sectores conservadores, pero no es la única lectura posible ni es una posición unánime dentro de la Iglesia:
Otros teólogos y pastores sostienen que “progresismo” y “conservadurismo” católicos, aunque tomen prestado un vocabulario político, describen fenómenos reales y distintos entre sí dentro del catolicismo contemporáneo (sensibilidades pastorales, litúrgicas o hermenéuticas respecto al Concilio Vaticano II), y que no toda postura llamada “progresista” implica sostener las tesis filosóficas condenadas en Pascendi.
Desde esta perspectiva, equiparar sin matices “progresismo” con “modernismo” puede ser, en sí mismo, un uso retórico —una manera de descalificar posiciones pastorales legítimas asimilándolas a una herejía ya condenada—, en lugar de un análisis doctrinal riguroso caso por caso.
El propio Magisterio reciente (incluyendo distintos pontificados posconciliares) ha evitado, en general, usar categorías políticas como “progresista” o “conservador” para calificar posiciones teológicas, prefiriendo hablar de fidelidad, comunión o desarrollo doctrinal homogéneo, y advirtiendo tanto contra el modernismo como contra un tradicionalismo cerrado que rechace el desarrollo legítimo de la doctrina.
Entonces…
“Modernismo” tiene, pues, tres acepciones que conviene no confundir: una condena doctrinal precisa (Pío X, 1907), un movimiento cultural y artístico ajeno a la teología, y una etiqueta polémica de uso actual dentro de los debates eclesiales. “Progresismo católico”, por su parte, es un término de origen político-periodístico que algunos consideran una forma imprecisa —y en su origen ajena al lenguaje propio de la Iglesia— de nombrar posturas que, según ellos, reeditan el modernismo condenado; mientras que otros lo consideran una descripción útil, aunque imperfecta, de una sensibilidad pastoral real y distinta de la herejía formal descrita en Pascendi. Cualquier análisis riguroso del tema exige, en cada caso concreto, evaluar el contenido doctrinal de la postura en cuestión, más que limitarse a la etiqueta con la que se la nombra.








