Si has ido a misa últimamente, es probable que hayas notado algo que hace veinte años parecía cosa del pasado: mujeres —muchas de ellas jóvenes— cubriéndose la cabeza con una mantilla de encaje antes de comulgar. ¿De dónde viene esta costumbre? ¿La exige la Iglesia hoy? ¿Qué dice realmente el derecho canónico? Vamos a recorrer su historia con las fuentes en la mano.
El origen: San Pablo y los primeros siglos
La referencia más antigua está en el Nuevo Testamento, en la Primera Carta de San Pablo a los Corintios (capítulo 11). Es un pasaje largo y denso, en el que el apóstol relaciona el gesto de cubrirse o no la cabeza con un orden simbólico de “cabezas”: Cristo, el varón, la mujer. Entre otras cosas, escribe:
“Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta su cabeza. Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza.” (1 Corintios 11, 4-5)
Este texto admite lecturas distintas incluso hoy: para unos es una norma litúrgica de fondo permanente; para otros, una convención ligada a las costumbres sociales del Mediterráneo del siglo I sobre el pudor femenino, y por tanto no necesariamente vinculante para siempre. Esa ambigüedad de fondo explica buena parte del debate que veremos más adelante.
La práctica, en cualquier caso, arraigó rápido. Ya en el siglo II-III, Tertuliano —uno de los primeros grandes escritores cristianos— pedía a toda mujer, fuera “madre, hermana o hija virgen”, que cubriera su cabeza. Y así, sin necesidad de una ley escrita, cubrirse la cabeza en la iglesia fue durante toda la Antigüedad tardía y la Edad Media simplemente lo normal para una mujer.
En España, esa costumbre derivó en una prenda propia: la mantilla, que se popularizó desde finales del siglo XVI y que, ya en el siglo XIX, con el auge del encaje sobre tejidos más rígidos, se convirtió en una seña de identidad para las grandes ocasiones religiosas, acompañada de la peineta.
Cuando la costumbre se hizo ley: el Código de Derecho Canónico de 1917
Durante siglos, ningún concilio —ni Trento, ni el Vaticano I— legisló explícitamente sobre esto: era una costumbre tan universal que nadie sintió la necesidad de escribirla. Eso cambió en 1917, con el primer Código de Derecho Canónico sistemático de la Iglesia, promulgado por Benedicto XV. Ahí, el canon 1262, §2, dice textualmente:
“Viri in ecclesia (...) nudo capite sint (...); mulieres autem, capite cooperto et modeste vestitae, maxime cum ad sacram synaxim accedunt” — “Los hombres en la iglesia (...) estarán con la cabeza descubierta (...); las mujeres, en cambio, con la cabeza cubierta y vestidas con modestia, sobre todo cuando se acercan a la sagrada comunión.”
Un dato técnico interesante: dentro de la estructura del Código, este canon no estaba ubicado en el libro dedicado a la liturgia o los sacramentos, sino en el que regula los bienes y el culto en general. Así lo señala el canonista estadounidense Edward Peters en su blog especializado In the Light of the Law, quien además observa que la exigencia de cubrirse la cabeza es casi indetectable en las fuentes canónicas antes de 1917: aparece prácticamente por primera vez ahí, de forma explícita.
El Concilio Vaticano II y un malentendido histórico
Aquí llega un episodio que los historiadores de la liturgia suelen contar con cierta ironía. El Concilio Vaticano II (1962-1965) nunca trató el tema del velo femenino; no aparece mencionado ni para mantenerlo ni para suprimirlo. Sin embargo, durante esos años, periodistas preguntaron al entonces P. Annibale Bugnini —figura clave de la reforma litúrgica— si las mujeres debían seguir cubriéndose la cabeza. Su respuesta fue que el tema no se había discutido en el Concilio, pero varios medios interpretaron ese silencio como un “ya no es necesario” y así se difundió por el mundo. El resultado práctico: en pocos años, la costumbre se abandonó de forma masiva en la mayoría de las parroquias, aunque ningún documento conciliar la había derogado.
El Código de 1983: el silencio que sigue generando debate
El siguiente hito llega en 1983, cuando San Juan Pablo II promulga el Código de Derecho Canónico que sigue vigente hoy, sustituyendo por completo al de 1917. Y aquí está el punto que más discuten los canonistas: el nuevo Código no menciona el velo femenino, ni lo prohíbe ni lo repite como obligación.
Ese silencio admite, básicamente, dos lecturas dentro del propio catolicismo:
1. La lectura mayoritaria, sostenida por la generalidad de los canonistas y por la práctica pastoral ordinaria: el propio Código de 1983 establece en su canon 6 que, al entrar en vigor, queda abrogado “el Código de Derecho Canónico promulgado el año 1917” en bloque —junto con todas las demás leyes universales contrarias—. Bajo esta lectura, el canon 1262 perdió toda fuerza legal, igual que perdieron vigencia otras normas de aquel Código, como la separación de hombres y mujeres dentro del templo, que hoy tampoco se observa en ningún lado. El misal reformado de Pablo VI (1969) tampoco exige el velo. Conclusión: hoy es una tradición piadosa, libre y opcional, no una obligación canónica.
2. La lectura de sectores más tradicionales, vinculados sobre todo a la liturgia en su forma extraordinaria (la llamada misa tridentina): aunque el canon específico haya sido derogado, los cánones 20 y 21 del mismo Código de 1983 establecen que, en caso de duda, no debe presumirse que una costumbre inmemorial quede revocada. Desde esta perspectiva —defendida, por ejemplo, por medios como FSSPX Actualidad o la Federación Internacional Una Voce— la obligación moral de la costumbre seguiría teniendo peso, incluso sin estar codificada como ley universal positiva.
En la práctica, en la inmensa mayoría de parroquias del rito ordinario en el mundo, hoy no se exige el velo y ningún sacerdote puede negar la comunión por no llevarlo. Sí sigue siendo habitual encontrarlo en comunidades vinculadas a la liturgia tradicional en latín.
El presente: un resurgimiento que nadie esperaba
Lo más llamativo hoy es que la mantilla está volviendo, y de la mano de generaciones que muchos pensaban ajenas a esta tradición: millennials y generación Z. El medio ZENIT reportó en 2024 que una empresa dedicada a confeccionar velos, fundada por Lily Wilson en 2010 desde su cocina, ha crecido un 2.000% desde entonces, hasta atender cerca de 900 pedidos mensuales con un equipo de doce personas.
En un reportaje de 2024, mujeres jóvenes entrevistadas describían el gesto de ponerse el velo como una especie de frontera psicológica entre el ruido del mundo y el silencio del templo. Este resurgimiento suele ir de la mano del creciente interés por la misa tradicional en latín, que recibió un fuerte impulso en 2007, cuando Benedicto XVI facilitó su celebración —aunque el Papa Francisco introdujo restricciones a partir de 2021, el interés de las nuevas generaciones ya se había consolidado para entonces.
Conviene subrayarlo: quienes hoy lo usan, en su gran mayoría, no lo hacen por obligación normativa, sino por convicción personal. Y del mismo modo, la Iglesia actual no considera “menos reverente” a la mujer que decide no usarlo.
En síntesis
Nota: este es un tema donde conviven distintas sensibilidades dentro del propio catolicismo. El artículo procura exponer las posturas principales sin tomar partido por ninguna.




