Crisis de lo perfecto: ¿perdiendo la belleza o recuperando lo humano?
La IA como crónica de una muerte anunciada
Hace unos días me topé con un video en Instagram. Era hermoso: una playa al atardecer, colores perfectos, el sol a lo lejos resplandeciente con una cinematografía digna de Hollywood. Lo vi dos veces. A la tercera me di cuenta: era generado por IA. Todo era falso. Y lo peor no fue descubrirlo, sino darme cuenta de que ya no me sorprendía.
Vivimos en un momento extraño de la historia. Un momento en el que literalmente todo es posible. ¿Quieres una canción de Los Beatles que nunca existió? La IA te la compone. ¿Un video de tu abuelo diciéndote algo que nunca dijo? Deepfake en dos minutos. ¿Una foto tuya escalando el Everest sin salir de tu cuarto? Midjourney te lo resuelve en segundos.
Y aquí está el problema: cuando todo es posible, nada es confiable.

La perfección que nos dejó huérfanos de la verdad
Durante años perseguimos la perfección digital. Filtros para nuestras fotos, autotune para nuestras voces, edición para nuestros videos. Queríamos vernos mejor, sonar mejor, ser mejor. O al menos, parecer mejor. La estética se convirtió en el nuevo dios de las redes sociales, y todos éramos sus devotos sacerdotes, sacrificando la realidad en el altar de los likes.
Pero entonces llegó la IA. Y nos dio tanta perfección que la perfección misma perdió su valor.
Cuando una máquina puede crear en segundos lo que a un artista le tomaba meses, cuando cualquiera puede generar imágenes indistinguibles de la realidad, cuando la voz de tu cantante favorito puede ser replicada a la perfección... ¿qué queda? ¿Qué significa ya lo “bello”? ¿Qué valor tiene lo “perfecto” cuando lo perfecto es lo más fácil de fabricar?
Es como si Dios nos estuviera diciendo: “¿Querían perfección sin esfuerzo? Aquí la tienen. Ahora descubran qué es lo que realmente estaban buscando”.
El renacimiento de lo imperfecto
Y está pasando algo fascinante. Algo que no me esperaba pero que tiene todo el sentido del mundo: estamos volviendo a lo humano.
Fíjate en TikTok, en Instagram, en cualquier red social. Los contenidos que más resuenan ya no son los ultra-producidos, los perfectamente editados, los estéticamente impecables. Son los videos grabados con mala luz, con ruido de fondo, con errores, con risas genuinas que interrumpen la toma. Son las fotos sin filtro, las selfies borrosas, los momentos capturados sin pensar.
¿Por qué? Porque en un mundo donde todo puede ser falso, lo único que tiene valor es lo que claramente no puede serlo.
Las imperfecciones se han convertido en certificados de autenticidad. El ruido de fondo, la mala iluminación, el error en la toma, la risa fuera de lugar... son las marcas de agua de la realidad. Son la prueba de que hay un ser humano detrás. De que esto no lo hizo una máquina en 0.3 segundos.
Lo natural está derrotando a lo artificial. Lo orgánico está venciendo a lo perfecto. Y no porque hayamos decidido que “lo feo es lo nuevo bonito”. Sino porque hemos redescubierto algo que siempre supimos pero habíamos olvidado: que la belleza sin verdad es solo decoración vacía.

¿Crisis de lo bello o recuperación de lo humano?
Aquí está la pregunta que me quita el sueño: ¿Estamos viviendo una crisis de la belleza o una recuperación de lo humano? Creo que es lo segundo. Y creo que es profundamente esperanzador.
Porque resulta que lo más humano de nosotros nunca fue nuestra capacidad de ser perfectos. Fue nuestra capacidad de ser auténticos. De ser vulnerables. De mostrarnos como somos, con nuestras grietas, nuestras inconsistencias, nuestros errores.
Santo Tomás de Aquino definía lo bello como “aquello que agrada al ser contemplado” (pulchrum est quod visum placet). Pero yo me pregunto: ¿qué es lo que realmente nos agrada contemplar? ¿Una imagen perfecta generada por una máquina que nunca sudó, nunca dudó, nunca tuvo que elegir? ¿O la obra imperfecta de un ser humano que puso su corazón en ella, que se equivocó tres veces antes de lograrla, que dejó sus huellas digitales en cada píxel?
La belleza, descubrimos ahora, no está peleada con la imperfección. Al contrario. La verdadera belleza necesita de la imperfección porque la imperfección es la firma del creador. Es lo que nos hace únicos. Es lo que nos hace humanos.
La imagen y semejanza en la era digital
Y aquí es donde esto se pone teológicamente interesante.
Génesis 1:27 dice que fuimos creados “a imagen y semejanza de Dios”. Durante años interpretamos esto como una invitación a la perfección. A ser “perfectos como el Padre es perfecto” (Mt 5:48). Y sí, hay verdad en esto. Pero quizás nos perdimos algo. Quizás la imagen de Dios en nosotros no está en nuestra capacidad de ser perfectos como si fuésemos “dioses”, sino en crecer en nuestra capacidad de crear, de amar, de elegir. Y todas esas cosas —en nosotros— están profundamente abiertas a la imperfección porque son humanas.
Cuando una IA genera una imagen perfecta, no hay libertad ahí. No hay elección. No hay riesgo. Es un algoritmo cumpliendo su función.
Pero cuando un ser humano crea algo —aunque sea imperfecto, aunque esté lleno de errores— ahí hay voluntad, hay intención, hay alguien.
Y resulta que eso es lo que nos atrae, no la perfección sino la presencia. La prueba de que alguien estuvo ahí. La certeza de que esto no surgió de la nada, sino de alguien.
El nuevo paradigma: lo humano como valor supremo
Entonces, ¿qué significa esto para nosotros? ¿Para cómo vivimos, cómo creamos, cómo nos mostramos en este mundo digital? Significa que el juego cambió completamente.
En este nuevo paradigma, tus publicaciones tendrán más valor cuanto más humanas sean. Cuanto más muestren que tú estuviste ahí. Que esto no lo generó un prompt en ChatGPT. Que no es un filtro de Instagram. Que es tu voz, con sus imperfecciones. Tu rostro, sin retoques. Tu pensamiento, con sus contradicciones.
El error ya no es algo que esconder. Es algo que exhibir. Porque el error dice: “Soy humano. Soy real. No soy una máquina”.
El ruido de fondo ya no arruina el video, lo autentifica.
La foto borrosa ya no va a la papelera, es prueba de vida.
Las imperfecciones no son defectos, son credenciales.
Una invitación a ser reales
Quizás esta “crisis” de la IA es en realidad un regalo. Una oportunidad. Una invitación a dejar de pretender, de filtrar, de perfeccionar. Una invitación a ser simplemente reales.
Porque al final, eso es lo que siempre hemos buscado unos en otros. No la perfección. Sino la verdad. No la imagen retocada. Sino el rostro real. No el performance. Sino la persona.
San Agustín decía que la belleza es “el esplendor de la verdad”. Durante años pensamos que la verdad tenía que ser perfecta para ser bella. Pero resulta que la verdad es bella precisamente porque es verdad. Aunque sea imperfecta. Aunque tenga ruido. Aunque esté desenfocada.
La verdad no necesita filtros. Nunca los necesitó.
Así que aquí va mi propuesta para este nuevo paradigma: dejemos de intentar ser perfectos y empecemos a intentar ser verdaderos. Dejemos de esconder nuestras imperfecciones y empecemos a celebrarlas como lo que son: la firma de nuestra humanidad.
Porque en un mundo donde las máquinas pueden ser perfectas, lo único que nos distingue, lo único que nos hace valiosos, lo único que nos hace nosotros, es nuestra maravillosa, caótica, gloriosa imperfección.
Esa es nuestra imagen y semejanza. Esa es nuestra belleza. Esa es nuestra humanidad y ninguna IA podrá jamás replicarla.






